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Por Ileana Ruiz

Juana Francisca (Opinión)

7 marzo 2016 | 1 Comentario

A mí no me lo contaron, yo lo viví. Entre los años 1771 al 1774, en Venezuela tuvo lugar un alzamiento rebelde contra los “grandes cacaos”, burgueses terratenientes propietarios de las haciendas productoras de café y cacao.

Las personas esclavizadas procurábamos mantener nuestros cultos y religiones, muchas veces perseguidas por los colonizadores españoles que nos impusieron la suya. También manteníamos nuestras costumbres, cantos, danzas, gastronomía prácticas mágicas y el arte del buen querer.

Soy flor de humanidad, seducción líquida que invita a vaciar la vida de tristezas hasta que no queden más que anhelos. Soy capín melao de las lomas y amanecer que avanza ocupando el sitio de los pasos no dados.

Las mujeres afro éramos víctimas de múltiples vejaciones y discriminaciones patriarcales, sexistas, raciales, de castas. Nos fortalecíamos en nuestros saberes: siendo curanderas y comadronas poseíamos la sabiduría que cuidaba la salud de nuestras poblaciones. Al darse la insurrección, nos fuimos a los cumbes con nuestros compañeros, hijas e hijos y junto a nuestras familias cultivamos la tierra y creamos espacios cálidos para vivir. Estos cumbes eran espacios clandestinos, huraños, donde nos refugiábamos los alzados, la población cimarrona, arrochelada en sus querencias.

Personalmente me refugié con mi esposo Guillermo Rivas en la población en tierras de Barlovento. Allí aprendí que el mayor enemigo de una es la indiferencia; también la flojera y, a veces, la falta de confianza en una misma. Pero sobre todas las cosas, la indiferencia. Que a una le dé lo mismo ir o venir o quedarse quietecita parada mirando al cielo viendo las nubes moverse sin que le pase nada por dentro.

En el cumbe fuimos dueñas de nuestro trabajo. La sociedad colonial se había aprovechado de nosotras explotando nuestras capacidades en el arte textil, ceramista, de la agricultura y la preparación de alimentos. Ahora, todas estas cosas a nuestro libre albedrío, disfrutando la libertad de crear, producir y amar.

Antes se aplicaba “la ley del vientre”: si una mujer era esclava, su hijo lo sería también. Por eso los hombres invasores nos preñaban en una suerte de procrear fuerza productiva esclavizada. En los cumbes, finalmente pudimos tener nuestros hijas e hijos que nacieron libres.

Soy Juana Francisca, testimonio humano de emancipación femenina. Las mujeres no les pertenecemos a nadie sino a nuestra propia conciencia.

iradeantares@gmail.com
1 Comentario
zahina dijo:

Las mujeres son un calor de familia no debemos depender tanto de los hombres y mucho menos machistas maltratador, no obstante, debemos ser respetadas y queridas; somos mujeres de genero sublime y serviciales algo de belleza externa. Las mujeres de hoy intercambian recetas pero entre amigas como un talon de aquiles que requiem quieren ser mas obtativas a las oportunidades del mundo y reiquim. dentro de lo que queremos ofrecer y finalmente,

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