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Por Beatriz Aiffil

Patriarcas (Opinión)

28 febrero 2016 | Haga un comentario

Luis Bigott compartió sabidurías que estamos obligados a repartir entre los nuestros y los ajenos. Supongo las tristezas de las mujeres del clan, en especial la de mi florecita Sofía Valentina. También supongo su fortaleza para recoger el amor que fue dejando sembrado.

Son los viejos del clan. Son los patriarcas, los responsables jefes de familia, los hombres de la casa aunque cada uno haga su hogar. Tienen autoridad moral para ello. Se la ganaron. Con esa figura crecimos y quién dice que no qué. Las viejas casi siempre sobreviven y ellos se van todos serios y valerosos. Seguros además, por su edad, de que les dio más que tiempo de contarnos todo lo que tenían que contar; de que nos encaminaron por la buena senda; de que sus enseñanzas son suficientes para que caminemos solas.

Es muy triste perder a esos viejos de dulzura represada que casi siempre escapa por los ranuras de la sonrisa, por los recovecos de la mirada. Cada vez que muere un viejo de esos, muere la vida tejida en torno a ellos. Muere el baúl que llenamos de momentos por compartir porque una sigue armando planes con ellos así la objetividad de las cuentas cronológicas y el cálculo de probabilidades que tanto se practica como estudiante, no den para un minuto más porque están viviendo la ñapa.

Desde que se fue mi viejo, vivo la vida cantando una canción de suspiros tan de lo más hondo de la tierra o del mismísimo mar. Tan profundos que no provoca volver a tomar el aire. La vida sigue, dicen.

No tenía conocimiento cabal de esta sentencia pero veo que los payasos ríen y los saltimbanquis hacen sus maromas como si nada, los caballitos del tiovivo me invitan a subir, la bailarina sonriente vuelta y vuelta, la rueda de la fortuna gira, el tren hace su ronda, los carritos chocones, la taza, las sillas voladoras, todo sigue su mecánico trajinar. En mi estómago el vacío de la más alta montaña rusa me hace caer de nuevo en la perplejidad. Los amigos dicen poraquí, los vecinos dicen porallá. La gente camina hacia ninguna dirección. Mantienen a sus niñas y niños agarrados de la mano. Oigo el barullo, los gritos y risas. El ambiente huele a algodón de azúcar y a engranajes oxidados. La vida sigue, dicen.

Se siente una extraviada en el parque. Hace falta la mano del viejo. Digo que supongo la tristeza de las mujeres del clan, porque esa ha sido mi tristeza desde que se fue mi viejo. La vida sigue.

baiffil@gmail.com

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