El especialista de la imagen fija recibirá el título de Maestro Honorario de Unearte|Rafael Salvatore: “El conocimiento popular es tan válido como el académico”

Foto/Rafael Salvatore

El pasado martes 17 de enero el ministro para la Cultura, Pedro Calzadilla, anunció que la Universidad Nacional de las Artes (Unearte), entregará el título de Maestros Honorarios a un grupo de cultoras y cultores que han desarrollado una importante actividad en diferentes disciplinas artísticas.

En ocasión de la inauguración de Un Foro Permanente, Calzadilla explicó que la imposición de este título, además de ser “un reconocimiento para quienes han llevado nuestras tradiciones y culturas en todos los campos”, es una manera formal para permitir que esos maestros puedan impartir sus conocimientos en la Unearte.

“Muchos de nuestras cultoras y cultores nunca pisaron una universidad, no les hizo falta, pero en las universidades están nuestros jóvenes y a ellos sí les hace falta que ellos vayan y los vean. Pero resulta, que por esas formalidades, una persona que no tuvo un título universitario no puede ir a una universidad a enseñar y bueno, nos inventamos esta manera”, argumentó el ministro.

En ese mismo escenario donde ofrecía la información, en el contexto de la inauguración del Foro Permanente en el Centro de la Diversidad Cultural (CDC), Calzadilla era capturado por la lente de Rafael Salvatore, fotógrafo del CDC que cubría el evento, sin saber que él mismo figuraba en la lista de los Maestros Honorarios.

Salvatore, aunque nuca estudió la especialidad formalmente, tiene más de 30 años fotografiando nuestra diversidad cultural y ha participado en unas cuarenta producciones del cine nacional fijando en sus fotos la intensidad de la luz y ensayando las composiciones de los encuadres que se verán luego en la pantalla grande. Esto último además le permite registrar con su lente algunas situaciones en medio de esas pequeñas sociedades que se forman durante los rodajes cinematográficos.

La pregunta obligada en estos casos es ¿cómo se siente con la distinción de Maestro Honorario?

– Me sorprendió porque fuiste tú el que me dijo. Yo todavía no estoy enterado oficialmente. Hagamos como que es cierto, pero puede ser una broma tuya y yo me la creo.

-Es cierto, incluso el viceministro (para la Diversidad Cultural), Benito Irady, lo acaba de decir.

– Qué te puedo decir, como siempre que tengo suerte de tener alguna distinción, trato de no tomármelo en serio, porque muchas veces uno se puede creer que es alguien importante o que a llegado. Y yo creo que permanentemente es un eterno recomenzar por lo tanto tu nunca llegas a nada. Es decir, lo que pasó pasó y ya y todo vuelve a empezar.

Pero al menos es una satisfacción ¿No?

– Da un poco de satisfacción de alguna manera que a alguien que le pueda interesar, ni siquiera ayudar. Es muy difícil saber en qué medida uno aporta o ayuda. Basándose en la experiencia de uno, por ejemplo, yo veo una película y quizás lo que me interesa de la historia es solamente una frase que encontré en ella. Eso no quiere decir que sea mala o buena. Lo que quiero decir es que quizás uno va aportando fracciones de una verdad que alguien pueda distinguir en lo que uno hace. Por eso el miedo es a no creerse que tu tienes la verdad. Es solo parte de una verdad y para determinadas personas. Cuando ganas un premio ese es el criterio de tres personas, no quiere decir que es el criterio de todos.

En medio de la entrevista el fotógrafo recibió una llamada que debe atender y se le escucha decir “aló… no, no la conseguí”. “Sí, sí, ya voy, espera, que me están entrevistando por lo de la Maestría”. “No, no, ya voy”. “Sí, pero espero que cuando suba y vaya a tu oficina me digas ‘¿como esta maestro?’ Que cambiemos el trato de ahora en más”… “Que me digas Maestro”. “Ok, bueno chao”.

Luego de las carcajadas que acentúan los surcos de su rostro, continuó.

– En general yo siempre tengo muchas dudas de lo que hago, pero a la vez, esa misma duda, es como el motor para seguir adelante. Si tu sientes que ya llegaste, que descubriste la verdad, pienso que ahí te detienes. Pero como yo soy muy desconfiado y no me creo nada, sigo.

Precisamente, una distinción como esta implica el compromiso de ser mejor.

– ¡Ahí esta la clave! Yo le quiero escapar a ese compromiso. Porque el problema es que de pronto te comprometen, como yo que estoy haciendo el chiste ahora que hablo por teléfono, parece que hacer siempre fotos extraordinarias y decir cosas excelentes y eso es a lo que le quiero escapar, porque eso no es verdad, ni en mi, ni en nadie. Te lo estoy diciendo en el plano personal. Se trata de no creerme que yo sea un maestro. Aunque quisiera hacerlo. Yo quisiera ser alguien que anda por ahí haciendo cosas excelentes y diciendo frases ingeniosas, pero no. Yo en mi intimidad sé las veces que meto la pata.

– Es un lugar común que de los desaciertos se aprende. Viéndolo así, entonces tiene mucho que enseñar. Además, son más de 35 años fotografiando, la participación en unas cuarenta películas haciendo la foto fija, dos libros editados por la Cinemateca Nacional y cerca de una docena de exposiciones. Con todo esto, seguro tendrá algo que transmitir.

Me parece que un maestro es el que logra orientar al alumno, de alguna manera, en encontrar su camino y su forma de expresarse (la del alumno), no es transmitir su experiencia (la del maestro). Es un conocimiento que lo puede conseguir en un libro. Creo en la fotografía o en el cine, técnicamente ya está escrito todo en los libros y es mucho mejor, porque un alumno puede volver y revolver a eso hasta entenderlo.

DENTRO Y FUERA DEL AULA

¿Alguna vez tuvo contacto con la enseñanza?

-Es cómico que me digan Maestro porque yo siempre le escapé a la enseñanza. Muchas veces me han propuesto dar talleres y nunca los he dado, creo que una sola vez. Además muchas veces es un recurso como para ganarse unos reales. Yo nunca caí en eso, si necesitara plata, buscaría ser peón de albañil y no ganar el dinero con eso.

¿Qué opinión tiene de la Academia, en general?

– Me parece necesaria y buena. La academia puede facilitar y abreviar los tiempos del conocimiento. Pero yo puedo decir que sin la academia también puedes aprender, si tu logras centrarte en lo que realmente quieres. Porque lo que enseña la Academia se aprendió a través de personas que no sabían y que se decidieron a aprender, pero hay que tener una concentración. Es buena cuando te da el entrenamiento y al mismo tiempo te da la duda para que tu sigas. Es una semilla que tienes que desarrollar tú. Para mi el riesgo que trae a veces la academia el creer que como vengo de ella ya lo sé todo y no hay más nada. No, esa es la semilla, si tu no la desarrollas es como si te hubieran llenado de algo, como a una máquina. Uno tiene que seguir, el conocimiento no se termina.

En opinión del artista, Uno de los inconvenientes con respecto a la academia, es que sirve para dar jerarquía:“Nuestra misma administración lleva a decir a la gente ‘un momento, yo soy ingeniero, soy un profesional’. Entonces yo cobro menos que otro, porque no tengo un papel. Ahora, yo espero que con esta maestría me aumenten el salario, que ese título sea auténtico para yo mostrarlo acá y decir, ‘ya soy maestro, ahora me pagas más’”, agregó el especialista ¿bromeando?.

LA MIRADA FUE PRIMERO

El ahora Maestro nacido en la provincia de Potenza, Italia, en 1946, llegó a la fotografía por su “obsesión” de expresarse. En un principio estudió periodismo y posteriormente emprendió estudios de teatro. “Nunca terminé nada. Una vez que adquiría las herramientas que tenía que adquirir, me salía, porque a mi no me importaba el título. Claro, eso lo sé ahora”, argumentó.

Gracias a esos intentos de expresión mediante el teatro, fue a parar a Venezuela, pero antes en Francia, a donde llegó luego de vivir en Argentina, y descubrió la fotografía.

Un amigo de un amigo, que casualmente hacía foto fija en cine allá en Francia, le vendió una cámara Nikon F. en 1.500 francos que pagó en tres cuotas, junto con el aparato le dio un manual bastante básico, que explicaba con dibujitos cómo hacer fotografías y medir la luz. Inclusive le recomendó un laboratorio muy profesional para revelar sus películas.

“En el laboratorio pensaban que yo era un profesional y cuando iba a buscar el material me decían ‘señor, creemos que debería hacer revisar su cámara, debe tener una falla porque esta sobreexponiendo’. ¡Y yo ni siquiera sabía qué significaba sobreexponer!”, relató.

Sin hacer ningún curso, Salvatore poco a poco fue descubriendo la fotografía por su cuenta. En principio, pasó como seis meses solamente mirando a través del visor de la cámara, acercándose al rostro de alguien que pasaba frente a su ventana, experimentando encuadres y composiciones, abriendo y cerrando el ángulo, “no sacaba fotos yo únicamente miraba”. “Es algo que a veces recomiendo”.

En ese acercamiento al arte de fotografías “inventaba” para sí mismo cosas que luego se enteraba que habían inventado otros. “Una vez me inventé unas paleticas para tapar la luz cuando hacía las copias en el laboratorio. Tiempo después descubrí que eso ya existía”, en cualquier caso lo interesante es que Salvatore había llegado a cosas como esa por su propia cuenta.

“Claro, hubiera venido alguien y me hubiera dando unas clases y quizás en un mes habría aprendido. Pero lo que pasa es que eso a la vez me sirvió, porque yo me metí para adentro. Tratando de expresar a través de la fotografía lo que a mi pasaba en una situación, busco como hacer una imagen que diga o que sea cercana a lo que yo estoy sintiendo. Para eso tienes que empezar a meterte adentro, es decir, sentir, hacer las cosas por sentimiento, por algo que sea tu motivo, lo que te motorice”.

Salvatore confesó que prefiere los lentes muy angulares, “porque quiero que entre todo. No soy buen retratista, no me interesa. Busco que el contexto participe, que hable, que forme parte del discurso”. “Eso se fue dando por mis intereses. Es decir, la fotografía que yo hago tiene que ver con mis intereses, Siempre he hecho eso”.

ATRAPADO POR LA “CULTURA VIVA”

Con su cámara en la mano Salvatore llegó a Cumaná a finales de los años 70, junto con un grupo que se unió al Tetro Altosf. Vino por un año “y ya llevo treinta, cualquier día de estos me voy”, dijo a manera de chiste.

Fue también en Cumaná cuando conoció a Benito Irady, para entonces profesor de la Universidad de Oriente (UDO), que trabajaba en el departamento de recopilación y difusión del folclor.

De la mano de Irady y leyendo a Alfredo Armas Alfonzo, Salvatore entro “en este otro país que late. Entrando por el oriente, llegué en esa otra cultura y es ahí es donde me encuentro con una cultura viva, no con el folclor, me encuentro con María Rodríguez, con Cruz Quinal, con El Diablo de Cumaná, con la gente del campo. Ahí es donde este país me agarra porque me da la posibilidad de estar en contacto con un conocimiento vivo, que es tan igual que el académico, pero es vital, lo ves en, en su respirar, en esa cosa diaria, en eso que late”.

En este particular recuerda que se quedó especialmente impresionado con el músico popular Cruz Quinal, quien sufría de esclerodermia.

“Él se aliviaba con eso de forma casera, tenía su secreto: era una botella donde tenía agua ardiente, una culebra y varias ramas. ‘Vainas de campesinos’ decía uno y tardó ocho años en decirnos él secreto, porque él desvelaba su conocimiento poco a poco. Resulta que años después yo leo que estas industrias farmacéuticas descubrieron que la grasa de algunas culebras es buena para la piel y que esas ramas que él usaba son buena para la piel. Un montón de cosas que él sabía y lo confirmaron estudios que fueron utilizados para hacer cremas ¿Cómo sabía eso este hombre metido en Turimiquire?”, se preguntó el fotógrafo.

Fijándose en toda esa “cultura viva” y el entorno que la rodea, comprendió que en Latinoamérica en general hemos sofocado, una cultura que pudo haber llegado a otro destino a través de otras variantes de crecimiento y desarrollo que no fueron posibles gracias a una globalización mal llevada.

Sin duda mucho se perdió. Sin embargo ¿no cree que también hubo un enriquecimiento?

– Sí, pero no hubo un intercambio. Yo viví en muchos países y me enriquecí, me enriquecí en Francia, en Cumaná y Cumanacoa, pero hubo un intercambio, yo nunca dejé de ser el tipo que soy, al punto que nunca me nacionalicé. También porque cuando lo quise hacer me pidieron 50 mil bolos. Yo ganaba 3 mil y me pidieron eso, para acelerar el trámite. Me botaron de la UDO por eso, pero igual me quedé, como soy. Yo no me hago el Cumanés, eso es un intercambio, yo tomo lo que tu me das y lo sumo a lo que yo soy. Pero otra cosa es que yo te imponga determinadas maneras de hacer las cosas. Tomo lo que me hace falta del otro, admiro otras cosas, pero no todo es para mi, no todo en la tierra es para nosotros. Creo que hubo una imposición, no como algo totalitario, pero se fue dando poco a poco.

Texto/Luis Jesús González Cova
Foto/Joel Aranguren