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Exposición en la casa de Rosa Inés recrea el ambiente en que creció

Chávez y el “arañero” siguen vivos en cada rincón de Sabaneta de Barinas

5 marzo 2016 | Haga un comentario

En la Venezuela rural de mediados del siglo pasado, en un hogar humilde de un pueblo barinés que apenas figuraba en el mapa, nació el líder que partiría la historia en dos e iniciaría un ciclo de cambios profundos a favor de las grandes mayorías marginadas

Como la mayoría de los venezolanos de origen humilde, nacidos en la provincia entre las décadas del 40, 50 y 60 del siglo del pasado, Hugo Rafael Chávez Frías creció en un pueblo de calles de tierra, alumbrado entre seis y diez de la noche por una planta eléctrica, con un cine en cuya cartelera predominaban las películas mexicanas, con una escuelita y una maestra buenamoza, los juegos infantiles (la “ere”, ladrón librado, palito mantequillero), los juguetes (el trompo, las metras, la perinola). En el hogar, la imagen de alguna virgen colgada de la pared, en el zaguán una mata de sábila y una cruz de palma para alejar a los malos espíritus. Entre los negocios, que si la bodega de la esquina, que la barbería del musiú, que si la tienda del árabe. Y la abuela, devota de la Virgen de la Coromoto, diciendo, “Muchacho, no te encarames en esos árboles”. En las noches, los cuentos de espantos y aparecidos y el recuerdo de los antepasados salían de unos labios conversadores.

Chávez, un niño inquieto, acostumbraba, junto a su hermano Adán, subirse a las matas y árboles del patio, ante el susto de la abuela Rosa Inés. En Cuentos del Arañero, libros de los cubanos Orlando Oramas León y Jorge Legañoa Alonso, que recoge memorables anécdotas contadas por el comandante, se incluyen relatos de aquellos años infantiles.

“Había un matapalo en el patio donde me crié, era un patio hermoso y uno se subía en todos esos árboles (…). Uno caía, se “espatillaba” contra los topochales y mi abuelita, pobrecita, que en paz descanse, salía con las manos en la cabeza: “¡Muchacho, te vas a matar, bájate de ahí, mira que el Diablo anda suelto!”.

En las noches, cuando se iba la luz de la planta eléctrica de Sabaneta, apagada por Mauricio Herrera, que pasaba en una bicicleta, la abuela los sentaba en el pretil de la casa de palma. A la luz de las velas, llegaba la hora de los cuentos.

“..Y ella hablaba de un cabo Zamora y de un Chávez, abuelo de ella, que se fue con el cabo Zamora y no regresó más nunca”, recordaba Chávez.

Todavía en la “Casa de la Mamá Rosa”, hogar de infancia del Comandante, transformada en un museo, se escuchan los cuentos de la Sabaneta de entonces, narrados por contemporáneos de Hugo Chávez.

En la conversación suele colarse alguno que otro dicho como expresión de que el pueblo sigue conservando su estampa de lugar provinciano.

“Yo no he visto un burro flojo en un barrial atascado”, señala un hombre en el patio de la casa, para referirse a la reciedumbre de estos nobles animales de carga que durante siglos han contribuido a aliviar las penurias y el duro trabajo del campesino venezolano.

La “Casa de la Mamá Rosa”, ubicada en Sabaneta, a una cuadra y media de la plaza Bolívar, acoge hoy una exposición sobre el pueblo y el entorno histórico venezolano de aquellos años iniciales del comandante, hasta 1966, año en que con sus padres y hermanos parte hacia la ciudad de Barinas. La exposición se distribuye en estaciones, recreadas con fotografías, objetos, mobiliario.

Un cuerpo de guías se encarga de ubicar el contexto y la época reflejada en las diferentes estaciones.

Una de las guías aclara que los objetos desplegados a los largo de la exposición (el guante y la pelota de beisbol, los juguetes, los libros, los suplementos o historietas, la mesita de noche ) no pertenecieron al comandante, sino que se usaban en aquellos tiempos.

El cuarto de la abuela Pedro Hurtado, animador cultural de la Misión Cultura Corazón Adentro, y uno de los guías de la Ruta de Chávez, integrada por los sitios emblemáticos de Sabaneta que frecuentaba en su niñez el futuro líder bolivariano, explica que Hugo, su hermano Adán y la abuela Rosa Inés se mudan en 1962 para esta casa que había sido construida por el tío Marcos en 1960. Huguito, así lo llamaban en Sabaneta, había nacido en un rancho de palma y bahareque que estaba al frente; era un rancho con un patio lleno de árboles, pájaros y palomas. Allí se construyó un moderno centro de educación inicial que lleva por nombre Mamá Rosa y que fue inaugurado por Nicolás Maduro.

La casa museo fue restaurada y pintada con el color original.

De los padres de Chávez se afirma que “en 1935 nace en Sabaneta la nieta de Maisanta, Helena Frías, hija de Rafael Infante y de Benita Frías. Ese año muere Gómez (…). En 1952 Hugo de los Reyes Chávez contrae matrimonio con Helena Frías y ambos dedican su vida a la docencia en varias escuelas del municipio Alberto Arvelo Torrealba”.

Tanto las guías como Hurtado, durante el recorrido por la casa y la exposición, se refieren a los diferentes espacios como si estuviesen recorriendo su propio recinto familiar.

En el jardín de entrada que antecede al porche están sembradas trinitarias, cayenas, el jazmín, palmita y palmas reales propias del llano.

“Cuando llega la primavera huele muy sabroso dentro de la casa. Luego seguimos con el zaguán donde está una cruz hecha con palma bendita y el ramito de sábila contra las malas influencias que puedan traer extraños y visitantes”, comenta Hurtado.

En el pasillo o sala comedor se muestra el contexto histórico venezolano desde los tiempos precolombianos hasta mediados del siglo pasado. Allí está colgado en la pared el conocido retrato de Pedro Pérez Delgado, “Maisanta”, bisabuelo de Chávez, parado al lado del caballo y acompañado por uno de sus compañeros de lucha.

Pedro Pérez Delgado murió el 7 de noviembre de 1924 en el Castillo Libertador de Puerto Cabello. La referencia a este guerrillero alzado en los llanos de Apure contra el régimen de Juan Vicente Gómez, y quien durante un tiempo fue alcalde de Sabaneta, está acompañada de una alusión del propio Chávez.

“Dicen los que estaban que salió con un dolor. No aguantaba, se quitó el escapulario, lo lanzó a la pared y dijo: ¡Maisanta, pudo más Gómez! Y cayó muerto. Había luchado su vida entera a favor de la equidad social, de la soberanía venezolana sobre sus recursos naturales y por el derecho a la tierra y al trabajo”.

En ese mismo espacio se hace referencia a Ezequiel Zamora, al Mocho Hernández y al general Cipriano Castro. Una curiosa fotografía en blanco y negro muestra la guardia de honor del general Cipriano Castro, conformada por gente del pueblo.

El primer cuarto de la casa es el de la Mamá Rosa, la abuela de raza y sangre yarura, que dejó una profunda huella y un imborrable recuerdo en Hugo Chávez. En Cuentos del Arañero, bajo el título de “Yo vendría a buscarte”, aparecen unas conmovedoras líneas escritas por Chávez a su abuela, luego de que esta falleciera el 2 de enero de 1982.

En el cuarto de Mamá Rosa, en carteles compuestos con imágenes y textos explicativos, se aprecia la fotografía más conocida de la abuela, una de sus cédulas de identidad, el retrato de Hugo a los dos años al lado de Adán y una típica casita de palma parecida a la primera casa. En la pared contigua, que recoge el contexto cultural popular, aparece la imagen de la carátula del disco o LP de la Leyenda de Florentino, del poeta Alberto Arvelo Torrealba, grabada por el Carrao de Palmarito y José Romero Bello a mediados de los años 60 del siglo pasado.

Allí está una imagen del Indio Figueredo, el más famoso arpista de la época, e instrumentos musicales.

En la pared de fondo se destaca la imagen de la Virgen de Coromoto, adorada por la abuela. Abajo en el rincón, sobre una mesita, están la lámpara de kerosén, la cajita de chimó, la bacinilla y el infaltable radiecito a transistor en el que la abuela escuchaba seguramente las novelas radiales y las canciones rancheras.

EL ARAÑERO

La imagen silueteada del “Látigo Chávez”, pitcher magallanero e ídolo beisbolístico del joven Hugo, aparece destacada en el cuarto que compartían Hugo Chávez y Adán. Al fondo sobresale el colorido traje de los Diablos de San Hipólito, grupo del que Chávez fue miembro. Los Diablos de San Hipólito representan una tradición de 210 años asentada en el pueblo de San Hipólito, cercano a Sabaneta. Los diablos se cubren el rostro con caretas pintadas, el varón de color oscuro y la hembra de colores claros.

Arriba de una mesita están las lecturas de los muchachos de entonces y que Chávez mencionaba en sus confesiones: suplementos e historietas, un ejemplar de la enciclopedia Quillet, en la que se acercó a la pintura, el libro Cantaclaro, novela de Rómulo Gallegos , que leería extasiado.

En el último cuarto estaba la cocina de la abuela. Allí están una cocina a kerosén y los típicos corotos, con los platos y pocillos de peltre, el molino de mano para moler el maíz, un botellón de los que Chávez usaba para meter las arañas, dulce de lechosa hechos por la abuela, que vendía en el pueblo.

El propio Chávez le explicó a Ignacio Ramonet, en el libro Mi primera vida, cómo se preparaba el dulce:

“Ella (Mamá Rosa) preparaba unos dulces de lechosa (…). Yo buscaba las lechosas, las tumbaba del árbol, las pelábamos, les retirábamos las semillas, les quitábamos la concha (…) picaba la lechosa, la cortábamos en rodaja, en tiritas y sobre una batea (bandeja) de madera las poníamos a secar.

Al día siguiente muy temprano mi abuela preparaba una olla con agua y azúcar, echábamos todo ahí hasta que se iba amelcochando (mezclando) aquello. Entonces ella las sacaba con un tenedor y sobre una mesa de madera iba poniendo montoncitos y montoncitos de aquella tirita que iban quedando como arañitas, pues”.

El armazón de hierro de una bicicleta, colocado en el amplio patio, muestra el popular transporte, único vehículo al cual podían acceder los pobres. Don Hugo poseía uno de estos autos movido a tracción de sangre. En un escrito pegado a la armadura Chávez rememora memora la imagen del padre llegando a la casa en su bici.

“…El recuerdo más lejano que tengo de mi padre, un hombre muy joven… Llegaba en una bicicleta y además venía… ¡venía rápido! Y cuando iba llegando a la casa sacaba una pierna por encima (de la bicicleta) y se venía en una a sola… Y yo lo veía, ¡pero bueno, ¡pensaba yo… ponía la bicicleta… Mi padre ha sido da la vida, yo un hombre muy enérgico toda lo admiraba y lo admiro muchísimo, mi padre es afrodescendiente, negro…”.

T/ Manuel Abrizo
F/ Archivo CO

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