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Hoy se recuerda a los “mártires de Chicago”

Lograr una jornada de 8 horas de trabajo demandó largas luchas de los trabajadores

1 mayo 2015 | Haga un comentario

Fueron los obreros estadounidenses los que pagaron con su vida el derecho a ser respetados como seres humanos

Fue Inglaterra el país donde, entre finales del siglo XVIII y comienzos del XIX, ocurrió la primera Revolución Industrial, con su régimen de producción basado en máquinas y herramientas. Y sería allí precisamente donde los núcleos del incipiente proletariado urbano comenzaron a pugnar por las reivindicaciones más elementales, orientadas a la defensa del puesto de trabajo, mejoras salariales y reducción de la jornada laboral que en ocasiones alcanzaba a las 18 horas diarias, sin derecho a organización gremial para la defensa de las trabajadoras y los trabajadores.

A principios del siglo XIX, las luchas de las trabajadoras y los trabajadores urbanos ingleses, así como las de la masa laboral de otros países como Francia, Estados Unidos y Alemania -donde el nuevo régimen industrial y concentrador de mano de obra para la producción de bienes se afirmó, desplazando la economía artesanal y de pequeñas unidades- buscaron garantizar las mínimas condiciones de la función laboral. Esto pasaba por establecer relaciones obrero-patronales sometidas a contratos de trabajo, convenciones y leyes cuyos términos respetasen ambas partes y que consagrasen aunque fuese un mínimo de beneficios a favor del débil jurídico: el obrero.

En tiempos de nacimiento del régimen industrial de producción y acumulación de riquezas, caracterizado por la ausencia de aquellas normas mínimas por el Estado que estipulasen el beneficio que a una y otra parte correspondía obtener en la relación capital-trabajo, las primeras organizaciones laborales que se formaron fueron los comités secretos para lucha por la rebaja de la jornada de trabajo. Al parecer son los hilanderos de Nottingham los que desde 1825 inician el camino de las huelgas para obtener la disminución de la jornada de trabajo, según citó Celestino Mata en su Historia Sindical de Venezuela. 1813-1986.

Para 1833 una ola de huelgas en Gran Bretaña dio como resultado la formación de la Unión General de Obreros, que congregaba las Trade Unions. Para 1844, una nueva ley inglesa redujo a siete horas “la jornada de los niños menores de 13 años y mujeres de dieciocho”. Será para 1847 cuando una ley inglesa consagre las 10 horas como jornada de trabajo.

EN ESTADOS UNIDOS

Las primeras expresiones de rebeldía laboral en el contexto de la segunda revolución industrial con centro en Estados Unidos (EEUU) se registraron en 1827 en Filadelfia, donde una huelga de carpinteros, gráficos, vidrieros y albañiles demandó de sus patronos reivindicaciones salariales. Para 1840 los trabajadores de los arsenales lograron la jornada de 10 horas. En 1868 el presidente Andrew Johnson promulgó la Ley Ingersoll, que estableció las 8 horas para el trabajo en instituciones públicas. Sin embargo, la empresa privada mantenía su jornada entre 11 y 12 horas diarias. En este ambiente surge la Orden de los Caballeros del Trabajo, de actividad semiclandestina, que llegó agrupar en un momento a varios centenares de miles de obreros manuales.

Para 1873 -dos años después de que en Francia se diera la fulgurante experiencia de la Comuna de París, primer ensayo según Marx del modelo de organización socialista en la historia- EEUU, sumido en una profunda depresión, comienza a sentir el sacudimiento de protestas y huelgas para reclamar mejores condiciones de trabajo. Las protestas evidenciaban alto grado de combatividad y politización nunca antes visto en EEUU. En estos movimientos participaron numerosos emigrados recién venidos de Alemania, Inglaterra, Francia y otros países que escapaban de las duras condiciones que por ese tiempo soportaban los sectores desprotegidos de la población, entre los cuales hubo no pocos protagonistas de las barricadas que en Europa comulgaron con la Comuna de París de 1871.

Tras décadas de protestas y paro, de acuerdo con el portal de Insapsel, “en noviembre de 1884 los movimientos sindicales realizaron en Chicago el IV Congreso de la Federación Estadounidense del Trabajo, en el cual se propuso que a partir del Primero de Mayo de 1886 se obligara a los patronos a respetar la jornada de ocho horas; de lo contrario, se irían a huelga”.

ESE 1 DE MAYO

Ese día 1° de mayo de 1886, si bien no fue precisamente el día de mayor violencia de calle, ha pasado a los anales del movimiento obrero universal por haber sido detonante de la más sorprendente movilización laboral en la historia de EEUU. Constituyó un hito por haberse orquestado exitosamente 5 mil huelgas el mismo día en todo EEUU. Ello conllevó a una virtual paralización de las actividades en las principales ciudades de aquel país.

Los días 2 y 3 de mayo los choques de calle recrudecieron cuando piquetes policiales en Chicago actuaron contra los obreros que manifestaban para exigir atención a su reclamo de reivindicaciones. La única fábrica que estaba en funcionamiento en Chicago por esos días era “la fábrica de maquinaria agrícola McCormik”, cuyo personal obrero de nómina se encontraba en huelga desde febrero, y se les reemplazó por grupos de esquiroles.

EL 4 DE MAYO

El 3 de mayo, más de 8 mil huelguistas de la McCormik se concentraron a las puertas de la fábrica para encarar a los esquiroles y exigirles que cesaran la obstrucción de la huelga.

August Spiers, dirigente obrero de gran elocuencia, tomó la palabra y se logró que una comisión de los huelguistas hablara con los dueños de la McCormik. Mientras se dialogaba adentro, a las puertas de la empresa, la policía arremetió contra los manifestantes y causó seis muertos de bala ese día; otros fallecieron días después.

Al día siguiente, el 4 de mayo, la dirigencia obrera radicalizada, ante 15 mil asistentes al aire libre en el distrito Haymarket Garden de Chicago, escuchó las intervenciones de Samuel Fielden, Albert Parsons y August Spies. La dirección del movimiento hizo el siguiente llamamiento: “La guerra de clase ha comenzado. Ayer, frente a la fábrica McCormik, han fusilado a los trabajadores. Pero los trabajadores no son carneros. Responderán al terror con el terror ¡A las armas!”.

Ya concluía la concentración cuando grupos policiales, al mando del capitán Bonfield, irrumpieron en la plaza. Del lado de los obreros alguien arrojó una bomba cuyo estallido ocasionó la muerte de 8 policías. Los refuerzos del orden iniciaron un fuego cerrado de descargas, con un saldo de más de 50 muertos y centenares de heridos.

Se abrió seguidamente un proceso judicial en el cual el fiscal de la causa pidió la pena de horca para los líderes anarquistas August Spies, Albert Parsons, Adolph Fisher, George Engels, Louis Lingg, Michael Schwab, samuel Fielden y Oscar Neebe. Las sentencias fueron dictadas el 20 de agosto de ese año 1886.

A Schwab y Fielden se les conmutó la pena; Neebe fue condenado a 15 años de trabajo forzado; Lingg se suicidó en su celda y Spies, Parsoms, Fisher y Engels fueron ejecutados. Al momento de subir al cadalso, Spies afirmó: “Llegará el día en que nuestro silencio será más poderoso que las voces que hoy estáis estrangulando”.

Según apunta Celestino Mata, “Estados Unidos constituye un fenómeno en el aspecto sindical mundial, porque ha sido uno de los países donde los trabajadores han luchado más por lograr su supervivencia y porque es el lugar donde esta clase tuvo que enfrentarse al capitalismo más feroz, más organizado y con mayores recursos. Fue el lugar donde las tradiciones individualistas del pueblo conspiraron contra esa manifestación obrera”.

PROGRAMA REVOLUCIONARIO

La reflexión en torno a los cambios que se operaban en la sociedad europea de su tiempo indujo a Carlos Marx, desde la cuarta década del siglo XIX, al análisis y formulación de respuestas ante el drama en que se había convertido, para el obrero manual, el nuevo sistema productivo industrial; los beneficiarios directos, los empresarios, controlaban las máquinas, la adquisición de material prima y los montos de salarios a pagar.

Marx, con la ayuda de Federico Engels, logró por primera vez, en 1847, con su Manifiesto Comunista, un diagnóstico raigal y propuestas respecto al conjunto de medidas que se debían tomar para cambiar el cuadro de injusticia terrible de la sociedad que brotó de la entraña capitalista, medidas que responderían a una nueva realidad de poder en la cual el proletariado activo se convirtiese en clase dominante.

El Manifiesto, primera proclama de ideas coherentes de lo que en la historia de las ideas políticas se conoce como Socialismo Científico, expuso medidas de orden político, jurídicas, fiscales y de reforma educativa, con el propósito central de sustituir “la veja sociedad burguesa -según los autores- por una asociación en que el libre desarrollo de cada uno condicione el libre desarrollo de todos.

Así, al dotar de banderas de orden estratégico a la clase obrera, como parte de la propuesta socialista que contempla objetivos de “expropiación de los expropiadores” y la propiedad social de los medios de producción de riqueza, Marx construyó cimientos a las tesis asumidas por los movimientos revolucionarios anticapitalistas del mundo, como programa socialista profundo que se propone abolir las diferencias entre el trabajo manual e intelectual, así como la plusvalía o porción de lo que genera el trabajo obrero para caer en el bolsillo de los capitalistas. Y en esta visión radical de la política, Marx apuntaló a la clase obrera como el agente histórico que ha de liderar las transformaciones.

T/ Néstor Rivero
F/ Cortesía

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